Miramar se deja mirar


La historia del primer suburbio de San Juan es también la historia de las aspiraciones y las posibilidades económicas de nuestra sociedad y de su trayectoria arquitectónica.

Por Carmen Dolores Hernández Publicado en el Nuevo Día, sección de Cultura el 15 de diciembre de 2013.


Mira la mar, Miramar. Documentación de un barrio residencial en San Juan de Puerto RicoEnrique Vivoni Farage San Juan: Editorial de la UPR, 2012 (2 vol.)

A principios del siglo pasado San Juan empezó a crecer. Derribó sus murallas, rebasó la isleta y se extendió hacia lo que son hoy las urbanizaciones de Miramar y el Condado.

En los dos volúmenes de este libro documentado con mapas, tablas, fotografías y dibujos arquitectónicos, Enrique Vivoni –junto con 22 estudiantes de la Facultad de Arquitectura de la UPR- hace un “reconocimiento intensivo” de Miramar. Al hacerlo, hace también la historia de nuestra sociedad y de nuestra arquitectura.

No son dos cosas diferentes: la historia de la arquitectura es la historia de la sociedad. La arquitectura define y conforma los espacios donde vivimos y nos movemos. Sus estilos y formas reflejan las actitudes y tendencias que sustentamos y nuestras aperturas, aspiraciones o limitaciones. La manera en que habitamos los espacios responde, a su vez, a las circunstancias económicas y comerciales, políticas y sociales del momento. La historia también se lee en el entorno edificado que nos rodea.

Vivoni, arquitecto e investigador, periodiza el desarrollo de Miramar señalando cinco momentos: Miramar I ( 1903-1920), Miramar II (1921-1930), Miramar III (1931-40), Miramar IV (1941-1950) y Miramar V (de 1951 en adelante).

Miramar I coincidió aproximadamente con el cambio de soberanía y el aumento en la población y el desarrollo económico del país. En 1903 la People’s Cooperative Building Savings and Loan Association adquirió una finca de 95 cuerdas que pertenecía a Francisco Armengol Heras y la subdividió en 213 solares de entre 250 y 950 metros cuadrados.

Se construyó entonces un número de residencias siguiendo el modelo de la quinta, utilizado en el sur de los Estados Unidos y en lugares del Caribe en donde había plantaciones. Son casas elevadas del suelo, con balcón y jardín al frente. Muchas tenían techos a dos aguas. Ese vocabulario formal era conocido de arquitectos y constructores puertorriqueños como Rafael del Valle Zeno y Ramón Gandía Córdova, que diseñaron y construyeron un número de las casas de la época. También lo hizo Antonin Nechodoma, cuyo estilo particular aún se puede ver en edificios como la antigua Union Church ( hoy iglesia de Lourdes) y la casa Korber (centro hoy de la comunidad judía).

De las 214 quintas que había en 1917 sobreviven 22 que permiten estud iar la tipología arquitectónica de los exteriores y la distribución de los interiores. Un dato interesante es el nuevo tamaño y localización del comedor. Escribe Vivoni que “era el lugar de las ostentaciones, donde la familia demostraba su poder adquisitivo con el despliegue de sus vajillas, cubiertos de plata, candelabros y fina mantelería”.

Durante la segunda etapa del desarrollo de Miramar se impone el estilo “bungalow”: casas pequeñas, de una planta, con paredes exteriores de hormigón, pisos de madera, aleros profundos y techos a dos o cuatro aguas de madera y cinc. Seguían modelos residenciales de California y Florida, presentes frecuentemente en los filmes de Hollywood.

En este momento se fortalecieron los códigos de construcción y cobró auge el hormigón debido a los daños causados por el terremoto del 1918. La vivienda se hizo más asequible para una creciente clase media. Regresaron entonces a la Isla varios arquitectos puertorriqueños educados en los Estados Unidos, como Pedro de Castro, Rafael Carmoega, Germán Ramírez de Arellano y Pedro Méndez.

Las próximas etapas, Miramar III, IV y V, traen cambios de estilos y de énfasis según se sucedían las promociones de arquitectos y las tendencias estéticas. En el primer período, por ejemplo, a la insistencia en el estilo ‘resurgimiento español’ que buscaba reafirmar –simbólicamente- una cultura de raíces hispánicas, le siguió un viraje hacia una modernidad definida por el estilo Art Deco de origeneuropeo.

Predominó la construcción de chalés (casas de dos pisos), de dúplex (dos viviendas independientes) y de edificios de apartamentos. Un caso singular es el de la calle Trigo, en donde esa familia no solo construyó residencias señoriales para sus miembros sino también varios dúplex para alquilar.

En esta etapa, en la que resulta clave la obra de los arquitectos Pedro de Castro y Rafael Carmoega, la propiedad urbana aumentó de valor por un 225%.

Miramar IV estuvo marcado –en todo el país- por las directrices del Comité para el Diseño de Obras Públicas establecido por el gobernador Tugwell. Las tendencias historicistas cedieron ante una nueva funcionalidad mientras que en la etapa siguiente se enfatizó la modernidad y la calidad del diseño. Dejaron su huella en el sector tanto el arquitecto Henry Klumb como las firmas de Toro y Ferrer y Amaral y Morales. Hubo una mayor consciencia de la relación entre interiores y exteriores y espacios de vivienda más amplios y menos fragmentados.

Una última sección informa sobre edificios demolidos. Su ausencia nos ha privado del referente visual que caracterizó diferentes épocas del desarrollo de Miramar, pero el libro, extraordinario en su alcance, en su investigación y en su documentación, permite calibrar la trayectoria de nuestro desarrollo urbano, es decir, de nuestra historia.

El primer tomo incluye una sección biográfica de arquitectos y un glosario de estilos arquitectónicos. El segundo abunda, con fotos y planos detallados, sobre las etapas estudiadas. (cdoloreshernandez@gmail.com)